Después de unas semanas en Sants, y unas visitas al supermercado «paki» de la esquina, me he hecho amigo del tendero, Hussein. Es sonriente y debe de ser un hombre muy culto, ya que está siempre leyendo. Hussein es de Bangla Desh, hablamos siempre de comida, de especias y de dulces. El otro día me dijo que encarga sus dulces a un chico que los hace en casa y los reparte entre la comunidad hindú; así que le encargué un paquetito para mí, y hoy lo he ido a buscar: barfi y gulab yamum. Sin etiquetas, sin precio, trapicheo del bueno.


Suelo comprar dulces indios en Barcelona (aunque echo de menos los londinenses; claro, nunca he estado en la India), pero estos son cosa fina; sobre todo sorprende su frescura, lo que hace que los sabores sean limpios, nítidos. El barfi es pura crema, huele a lácteo concentrado; pariente del fudge por ingredientes, y de la familia de la halva y el turrón por textura y dulzor. El gulab yamum también está impresionante; decir «fresco» es quedarse corto; el sabor es limpio y está jugosísimo; lo he tomado tibio, con el almibar escurriéndose a cada mordisco.






Huevos fritos con picadillo de bibliotecaria
Así, a lo Hannibal Lecter, escuchando las Variaciones Goldberg mientras mastico.
Picadillo casero (la virgen, qué cosa más rica), huevos caseros, pan casero. ¡Chan chan!
P.S. Indispensable documento «España, país de chorizos».