A la hora de la comida en Barcelona.

Recuerdo perfectamente la noche en que dejamos Inglaterra, con las furgonetas cargadas hasta arriba, en el ferry de noche camino de Dunkerque. Pasada la medianoche el barco dejó atrás los acantilados de Dover; al cabo de pocos minutos abrió sus puertas el restaurante. Entonces docenas de personas acudieron en silencio desde todos los rincones del barco, como siguiendo un rito atávico. Bajaban por escaleras y ascensores hasta llegar al bar donde en una bandeja les servían su English Breakfast, de madrugada, cruzando el Canal. Después podías salir a cubierta con la tripa llena, bajo la luz de una noche de julio.












Rote Grütze
Mi postre alemán favorito: Rote Grütze. Es una especie de compota de frutos rojos (poco cocida y ácida) ligada con algo de almidón; originalmente sería más una papilla de frutas ligada con sémola, de ahí el nombre.
El padre de una amiga hamburguesa, Arp (organista con nombre de organista), cree firmemente que el mundo se divide en dos: los que toman Rote Grütze con salsa de vainilla, y los que toman Rote Grütze con nata. Yo aún no me he decidido. Es más, como pequeña perversión, ayer preparé nata con vainilla, komisch.
Siempre que tomo Rote Grütze pienso en Hamburgo y el Elba… los veleros del lago Binnen, atracados en uno de los muelles, parecían mariposas heladas, blancas, reunidas allí para no morir en soledad. De vez en cuando, ladraba un perro, y su ladrido se perdía en el viento…