El otro día Gemma trajo una longaniza de Vic, cosa fina.


Esta noche, a la hora de la cena, le he dado su merecido. La longaniza de Vic no es como la aragonesa a la que estoy acostumbrado, sino más como un salchichoncito seco: deliciosa. También me esperaba el caldo de unos garbanzos que cocí hace un par de días. Manjar exquisito. Para mí los garbanzos son la aristocracia de las legumbres, y su caldo es la expresión suma de su refinamiento y delicadeza.

Simplemente he calentado el caldo y he echado unas sopas de pan de centeno. Lo hice al estilo alemán, con un fermento reptiliano de tres fermentaciones (Dreistufensauerteigführung, toma ya); 70% de centeno, 30% de trigo, sal; tal como se ha hecho en Alemania desde hace siglos. Es salado, dulce, ácido, agrio y terríblemente aromático.










English breakfast
A la hora de la comida en Barcelona.
Recuerdo perfectamente la noche en que dejamos Inglaterra, con las furgonetas cargadas hasta arriba, en el ferry de noche camino de Dunkerque. Pasada la medianoche el barco dejó atrás los acantilados de Dover; al cabo de pocos minutos abrió sus puertas el restaurante. Entonces docenas de personas acudieron en silencio desde todos los rincones del barco, como siguiendo un rito atávico. Bajaban por escaleras y ascensores hasta llegar al bar donde en una bandeja les servían su English Breakfast, de madrugada, cruzando el Canal. Después podías salir a cubierta con la tripa llena, bajo la luz de una noche de julio.