Por la noche, cuando todo está en silencio, después de cenar. Ese ratito íntimo y especial: colar el kéfir y disfrutar de su sabor ácido, ligeramente agrio y con el picante del carbónico.

Por fin conseguí kéfir, y llevo unos días disfrutándolo como no imaginaba. Momentos de felicidad láctea. El kéfir me está devolviendo el sabor de los yogures que tengo en la cabeza y el recuerdo: a lo que nigún yogur sabe ya. Yo creo que, con el tiempo, los fabricantes se han dado cuenta de que en España gusta un yogur poco ácido, muy suave, así que lo han ido suavizando (ignoro si escogiendo fermentos menos ácidos), además ahora cuesta encontrar yogures que no lleven añadida leche en polvo, imagino que para mejorar la textura y cremosidad*.
Tengo el kéfir en un punto exquisito, es capaz de hacer que una leche vulgaris UHT sepa a leche-leche, recobre un sabor natural y telúrico. Bueno, ya me he pasado. En breve tendré más kéfir del que necesito para mi vasito nocturno, así que podré compartirlo.
El otro día también me regalaron kombucha, que aún estoy investigando. Entre esto, las masas madre de la nevera, el chucrut que madura y yo mismo, la casa parece un pequeño zoológico. Ayer floreció el almendro del patio.
*No descarto usar mi cámara de fermentación reptiliana para hacer yogur un día de estos que encuentre un fermento que merezca la pena.












Pan persa
Un pan en mitad de la Ruta de la Seda: plano, dulzón, con un color dorado precioso, corteza fina, el aroma del sésamo y la nigella, y una miga suave.
Un pan iraní que comíamos en Londres. Aún recuerdo cuando lo comprábamos los domingos por la mañana, en la panadería del Turkish Food Center de Dalston; salía en grandes carros, aún caliente y con su aroma dulzón. Listo para un poco de labne, zaatar o lo que hubiera. Me gustaría tener un horno largo para poder hacerlo en sus proporciones originales, como una gran lengua de semillas.