Añoranza de la isla en una terraza de Barcelona.

Extraño, encontrar un lugar bajo el cielo del Mediterráneo donde meter las ganas de estar en otro lugar, donde pensar (patata a patata) en el tiempo vivido aquí, donde te quepan las personas conocidas, los momentos y los trechos de camino recorrido. De manera fortuita, descubro en el calendario que esta semana llevaré ya más tiempo viviendo en Barcelona del que viví en Londres. ¿Alguien tiene una buena oferta de trabajo en Estocolmo?







Butifarra de perol
Por fuera la butifarra de perol parece inofensiva, otro miembro de la gran familia de excelsos embutidos catalanes; una salchicha ni muy grande, ni muy bonita, ni muy fea (como suele ser el caso con algunos embutidos bestiales de feos y bestiales de ricos). Pero cuando la abres, aquello es la locura. Ya me habían advertido de su densidad cósmica, cercana a la del agujero negro; una vez pinchado el trozo, casi podrías untarla como si fueran unos rillettes de cerdo.
Tradicionalmente se hacía con cabeza, corazón, riñón, etc. Todo bien cuajado de tocino y pimienta. Esta butifarra ampurdanesa de la imagen no sé que tendría exactamente, pero te dejaba los labios como si te hubieras puesto cacao, una increíble sensación melosa en la boca, un intenso sabor a cerdo, un sabor porquérrimo (que a mí personalmente me acerca a miles de años de vida marrana y cerdas generaciones) y la impresión de estar ante algo que no cabe en el término embutido.