Por fuera la butifarra de perol parece inofensiva, otro miembro de la gran familia de excelsos embutidos catalanes; una salchicha ni muy grande, ni muy bonita, ni muy fea (como suele ser el caso con algunos embutidos bestiales de feos y bestiales de ricos). Pero cuando la abres, aquello es la locura. Ya me habían advertido de su densidad cósmica, cercana a la del agujero negro; una vez pinchado el trozo, casi podrías untarla como si fueran unos rillettes de cerdo.

Tradicionalmente se hacía con cabeza, corazón, riñón, etc. Todo bien cuajado de tocino y pimienta. Esta butifarra ampurdanesa de la imagen no sé que tendría exactamente, pero te dejaba los labios como si te hubieras puesto cacao, una increíble sensación melosa en la boca, un intenso sabor a cerdo, un sabor porquérrimo (que a mí personalmente me acerca a miles de años de vida marrana y cerdas generaciones) y la impresión de estar ante algo que no cabe en el término embutido.






Bull de hígado, chucrut, patatas con picada de perejil
Y queso Feta. Al resolillo del patio.
Restos. Se ha acabado el último bote de chucrut casero.
(¿Aguantaré hasta invierno comiendo chucrut de bote o me lanzaré a la elaboración estival a pesar de las temperaturas de Barcelona?)