Casa Pepe, en el barrio del Pilar de Madrid. Te ponen este plato cuando te pides unas cañas.

Con el suelo lleno de huesos y servilletas; perdió el Madrid.
Casa Pepe, en el barrio del Pilar de Madrid. Te ponen este plato cuando te pides unas cañas.

Con el suelo lleno de huesos y servilletas; perdió el Madrid.
Orgía de masa madre, frutas, especias y alcohol.

Un viaje a través de los siglos, a un tiempo pretérito en el que muchas de las preparaciones que hoy vemos como «reposteras» eran «panaderas», antes del «Royal» (levadura química); preparaciones levadas con fermentos a caballo entre la cerveza y el pan.
Abrir el paquetito que forma la corteza del Black bun después de muchos días madurando es algo fantástico: todos esos sabores, que se han ido filtrando lentamente por los poros del pan, afloran de repente, y nunca puedes tomar sólo una rebanada.
*Este es uno de los «prototipos» del Black bun («bollo negro», literalmente) que hice preparando el taller de panes festivos en Babette. Lo comí en pleno otoño, a pesar de ser un pan de frutas escocés de nochevieja. La receta está inspirada en las anotaciones históricas de Elizabeth David en «English Bread«.
Embriagado de clavo, canela, nuez moscada y pimienta de Jamaica.


Y ron, y fruta confitada.
*Qué aburrida es la A2 de noche.
PS: La solución, aquí.
La madre.

Hace tiempo que veo nítidas similitudes entre el pan hecho de manera tradicional, con levadura natural, y la bicicleta más tradicional, la primera bicicleta, la de piñón fijo. Ambas actividades requieren un abandono de lo aprendido, un rechazo voluntario a los grandes avances que nos ha dado el progreso. La innovación nos ha traído grandes satisfacciones (rapidez y automatización en la elaboración del pan, por un lado; disponibilidad de cambios con decenas de marchas, por el otro), nos han facilitado la vida, pero también, simultáneamente, se ha ido adueñando de pequeñas parcelas que nos pertenecían, y nos ha privado de verdaderos placeres (el sabor y la textura, entre otras cosas, por un lado; y el placer del pedaleo, por el otro). A menudo, uno se pregunta: “¡Ah, pero, el futuro era esto?”. Casi ni menciono la admiración y el respeto que me transmite el panificar como se ha hecho durante siglos, o el hecho de que las bicicletas de piñón fijo eran las que usaron los primeros héroes de la ruta, cuando las carreteras no estaban asfaltadas y había que bajarse de la bici y subir andando si la cuesta se empinaba.
Amasar una hogaza con las propias manos y dejarla levar lentamente es algo que otorga un placer y satisfacción indecible; el sencillo hecho de moverse en una bicicleta de una sola velocidad, cuyos pedales se moverán siempre que la bicicleta se mueva, hace sentir una conexión única con el suelo y todo lo que te rodea, una sensación en la que todo fluye de manera silenciosa y armónica.

De un modo parecido, criar una masa madre, y verla crecer, gratifica de una manera silenciosa y lenta, crea una felicidad y una satisfacción plena; lo mismo que construir una rueda, ir montando los radios en la llanta, encontrar su tensión justa hasta conseguir un conjunto perfectamente redondo y resistente.

Radios y pan casero.
El pan de cada semana (harinaaguaysal), pelado como si fuera una naranja, y un pan de espelta integal y nueces, con una pizca de azúcar de melaza.


El blanco quedó muy esponjosito, con la miga suave; el integral quedó húmedo y oscuro, lleno de trocitos de nueces.

Para hacer el integral utilicé el azúcar más bestia que he usado; un azúcar negro de Mauricio, de la marca Billington’s. Viene en un bloque casi sólido, húmedo y aromático. Para coger un poco, tienes que desmenuzarlo concienzudamente. Sabe a regaliz.
Handkäse mit Musik
Queso de mano con música.
Un queso alemán (no, no son rodajas de patata, es un queso translúcido, ¡y sin grasa!) que me encanta, de gran sabor y mayor olor. Hace años que no lo tomaba, desde aquella temporada en la que iba a Frankfurt bastante a menudo, y disfrutaba de la buenísima comida de Hesse: sus verduras, sus espárragos, la manera en que tocan todo el cerdo, su sidra, su salsa verde…qué añoranza.
Por suerte, en Madrid, QJones me llevó a descubrir la Mantequería Alemana, paraíso de los enamorados de la gastronomía alemana. Lo compré y lo puse «con música» (un aliño de cebolla y alcaravea). El la Mantequería Alemana tenían de todo, desde Zuckerrübensirup, a Zitronat para mis Stollen, toda la gama de Ritter Sport, o salchichas de las buenas. Siempre me ha hecho gracia como los alemanes clasifican sus salchichas; no sólo les dan atributos habituales para nosotros, como el sabor o el ahumado, sino que, por ejemplo, el hecho de que sean crujientes es importante en algunos tipos, y es una de sus grandes virtudes. Así que, tras la visita a la Mantequería, esta semana estamos llenos de comida alemana de la buena, de pepinillos agridulces (y otros con miel), de Lebkuchen, Mettwurst (una especie de rilletes de cerdo), y otras cositas deliciosas.
*Cuando viajaba a Alemania casi siempre solía hacer el vuelo Frankfurt-Bilbao, era mi vuelo favorito ya que el aeropuerto de Frankfurt tiene un supermercado de verdad, donde me aprovisionaba de Handkäse, Hela Curry-Ketchup, Rote Grütze y demás.¿Por qué no tendrán todos los aeropuertos del mundo un supermercado con cosas del lugar?