La trucha había sobrado de la cena del día anterior; los encurtidos de la tienda ucraniana.

Todo frío de la nevera, agridulce, con un chorrito de aceite y acompañado de pan de espelta.
La trucha había sobrado de la cena del día anterior; los encurtidos de la tienda ucraniana.

Todo frío de la nevera, agridulce, con un chorrito de aceite y acompañado de pan de espelta.
No cesa. Cuatro ediciones en año y medio.

Parece que aquí, también en castellano, la gente ha sabido valorar esta pequeña joya. Si no lo tienes, puedes hacerte ya con la 4ª edición en la página de The Glutton Club.
Buenas noticias.
Después de ir de Algorta a Lasarte por la autopista con la ventanilla bajada, a 8º, para que no se fermentaran unas masas, me quedé el otro día medio pocho, así que candela: perejil como ingrediente principal, aliñada con tabasco y limón.

En Vitoria, con Txema, de Artepan (he publicado una entrevista con él en La memoria del pan, aquí), la mesa llena de pan.

En un restaurante donde sirven su pan… pero con más panes que llevó para la ocasión, dos panes de Enkir (en la tabla de madera), además de su Azkoyen, rústico y aromático y aún otro pan que elaboran en el restaurate. Estuvimos hablando tanto rato de pan que la camarera no pudo meter baza y traernos la comida hasta pasado un buen rato.
Era tan dulce aquella chirivía, tan dulce aquel pimentón, tan dulce aquella patata, tan dulce aquel repollo…

… que al final resultó que el salero contenía azúcar. Sí. Grandes maravillas de las mudanzas. Y venga a echarle sal.
Chirivías asadas
Cosa más deliciosa.
Hacía siglos que no las tomaba, puede que desde la isla, donde aprendí a quererlas. Aquí en Barcelona, la pobre chirivía vive relegada a su obligado matrimonio con el nabo; siempre los venden juntos. Incluso cuando estás en una frutería donde te las sirves tú mismo, te las meten casi en el mismo cajón. Creo que cuando me llevo una bolsa entera de chirivías y no me llevo nabos, me miran mal.
Siempre me ha sorprendido, al leer clásicos de hace siglos* como el Quijote o el Lazarillo, que tomar una raíz asada siempre parace la cosa más miserable, deleznable y de pobres, cuando la capacidad de dar placer en el paladar de la chirivía asada es, a mi entender, algo llamativo.
La chirivía asada es una de esas cosas (como las vainas) que, de haber pocas, saldrían los más finos hablando maravillas de sus sutiles aromas, haciendo poesía y zen de su textura y su sabor… y nos las cobrarían a riñón. Por suerte, es un placer proletario que cualquiera se puede permitir. Al asarlas, se concentra su sabor y su dulzor natural, y sale ese saborazo que te deja relamiéndote y estirando la mano para coger otro trocito.
Acompañadas de una ensalada de berenjena y ajos asados con nueces… pena de eneldo.
* Por cierto, la chirivía (Pastinaca sativa) en alemán se dice Pastinaken, que enlaza con el nombre en catalán de su prima la zanahoria, pastanaga; aunque antiguamente también en español se denominaba a esta última pastinaca, acepción que hoy en día recoge el DRAE como «en desuso». Qué bonitas las palabras (etimología circular patrocinada por Ibancito’s Incorporated).