A algunos les puse también nueces. Va fermentado con masa madre natural (blanca, muy suavecita) y es un invento que tenía ganas de probar.


Llevo un par de semanas sin harina blanca en casa, así de sencillo. Así que llevo un par de semanas comiendo exclusivamente panes integrales, ya sean de trigo o centeno, pero integrales de verdad, al 100%. Aromáticos panes elaborados con harinas en su mayoría ecológicas, grano molido, ni más ni menos. Después de unos días, te acostumbras a su textura y sabor y recuerdas (más bien descubres) a qué saben realmente los cereales. Después de toda una vida de comer pan blanco, me pregunto si realmente sabemos a qué saben los cereales: el trigo, el centeno; si los conocemos en su esencia.
Tras varios sabrosísimos panes integrales, cuyo sabor a cereal puro va mejorando con los días, y a los que una madre natural les saca todo lo bueno que llevan dentro (el último currusco, al de 5 ó 6 días, sabe literalmente a gloria), tenía ganas de un pan dulce para tomar con el té. Una miga densa para roerla tranquilamente, en soledad, como quien le ataca en el mes de marzo a un trozo de turrón del duro, con esa sensación de lujo furtivo. Tenía que ser un pan que no necesitara ser untado con mantequilla, ni miel, ni nada. Un pan con estilo de antañazo, como para envolverlo en un pañuelo, meterlo en el zurrón, y que te dure días y días. Un híbrido entre galleta y pan, con el recuerdo del dulce e inocente pan de higo.
Hice una masa húmeda, con bastante mantequilla, azúcar muscovado, clavo, canela y una buena cucharada de Black Treacle, un sirope inglés negro y denso como un agujero negro. Tuve que corregir el azúcar para que estuviera dulce como me apetecía (pensé en ponerle miel, era más lo suyo, pero tenía más azúcar que miel).


La masa adquirió un tono marrón, brillante, delicioso, aromático, con toda la artillería de especias y ese aroma dulzón, a campo de cereal, que sale en cuanto el agua moja un buen centeno integral. Los formé en pelotitas redondas y los aplasté, para que fueran como antiguas tortas dulces de un imaginario y antiquísimo mercado. El tipo de pan que este imaginario panadero podría haber vendido 5 días después de horneado.
Antes de meterlo al horno, lo pincelé con un poco de azúcar a medio disolver en agua (hice varias pruebas, y esta me dio lo que buscaba), así que ha quedado con un suave brillo, casi imperceptible, y con las escamas de azúcar. Esta mañana he probado, por pura impaciencia, un trozo con una taza de té. Pero el resto de la hornada aguarda ahora un par de días madurando, metido en una bolsita, a que se acentúen sus aromas. Este pan de fermentación lenta pertenece con orgullo a la familia de las elaboraciones que en su día fueron pan, pero que siglos más tarde son insípidos y rápidos bizcochos.





Hamburguesas de lentejas al curry
Con las lentejas que me sobraron hace un par de días, hice las típicas hamburguesas de lentejas al curry. Al freírse, las lentejas dan una textura crujiente fantástica.
Como llevan curry casero, el sabor es de primera. Este, en concreto, lo hice majando pimienta negra, comino, cilantro, cardamomo, cúrcuma y pimentón: todos esos aromas frescos impregnaban la carne de lentejas. Para este plato marrón me gusta un curry con bien de comino y cardamomo.
Fue una suerte que las lentejas del otro día fueran viudas, porque así el sabor de partida fue más neutro y admitía cualquier especia, semilla o nuez. Las hamburguesas de legumbres son una manera sencilla, barata y rápida de hacer que unos restos aburridos y repetitivos sean algo novedoso. Yo saqué la mostaza de Dijon y el ketchup y lo disfruté como nunca.