Cena naranja. Los farfalle con calabaza van gratinados con un poco de queso sueco, pimienta negra y unos copos de chile.


El turrón de crema cremada es de la Bombonería Pons, en Sants. Hoy iba andando por Sants y había una cola a la que he tenido que sumarme; he descubierto una bombonería de toda la vida a la que la gente del barrio acude en procesión. (Bueno, a la señora de mi lado no le parecía que la bombonería, de 1960, se mereciese el calificativo «de toda la vida».)







Panettone
Ultimos retoques y correcciones antes del curso de panes navideños de este fin de semana.
Una masa abriochada, ligera, con el alma de una madre natural domesticada para rendir en dulce; harina navarra, buen amasado.
Comer panettone es un placer, pero elaborarlo es una experiencia igualmente extraordinaria; ir acumulando fermentaciones, como capas de aroma y sabor, ingrediente tras ingrediente. Al ser un pan tan rico en cosas buenas, éstas se van incorporando poco a poco para conseguir esa textura tan ligera; huevos, azúcar, mantequilla, frutas… Muchos panettones que se venden estos días están elaborados con extractos y aromas artificiales; en casa el panettone se mima con ingredientes excelsos: agua de azahar, vainilla natural, frutas deliciosas. Abrir la vainilla y raspar las minúsculas semillitas negras con la punta del cuchillo, o bien infusionarlas; trocear la naranja confitada y aún añadir un poco más de ralladura de naranja.
Hace un año que no hacía panettone, y es un ritual que da gusto repetir, volver a interpretar la delicada coreografía de esta ceremonia festiva.
El resultado es ligero, ligerísimo, aromático y produce un placer indescriptible al disfrutarlo: cortarlo, tocarlo, olerlo, masticarlo. Se disfruta poco a poco (yo con una taza de té de las Azores). La miga se deshilacha como una pluma de un ave exótica y paradisiaca.
Es un pan laborioso que requiere cariño y atención, al igual que muchas de las cosas ricas que prepararemos en los días que vienen para la gente que queremos. Igual que al panettone, a muchos sólo los vemos una vez al año, como si fueran planetas con una órbita muy ancha: esperamos a que lleguen con ilusión y después se van rápidamente.
Voy a servirme otra taza de té y otra rodajita de panettone.