Que me he desayunado en la cafetería del mercado de Sant Antoni.

Con sus ajitos, su laurel, su pimentón. Me he pedido otro trozo de pan.
Uno de los mejores recuerdos que me dejó mi abuela, además de las mejores natillas que he probado, de la merluza rebozada, de los bocadillos de lengua rebozada, de las vainas con tomate, de la ijada asada, de cuando nos dejaba rascar lo tostado de la sartén de bechamel, de los macarrones con chorizo el sábado después del partido de baloncesto, del puré de verduras, de la onza de Valor en el armario de atrás, de la sopa de almendra en Navidad, de la cosa esa que hacía con puré de patata, mahonesa, jamón dulce y aceitunas, de mi primer café con leche (en cazuelita de asa larga y con pan remojado), del arroz con riñones y de su imborrable presencia, fue el momento de abrir el bote de leche condensada cocida.

No era algo que se hiciera a menudo; era un momento sagrado e iniciático.
Tenía ganas de probar la horchata como líquido para panificar desde que lo oí en El Folló (la Mercè siempre anda con ingredientes e ideas muy buenas para el pan).

Esta primera prueba (en fase de I + D, je) no ha salido todo lo satisfactoria que esperaba. El pan, similar a un pan de leche (con un poco de huevo en la masa) pero no es tan suave y esponjoso como si fuera lácteo. Usé horchata casera (con más chufa que muchas que venden) y en un primer momento pensé en filtrarla bien, para que no quedara pesado, pero la dejé tal cual (bueno, esperé unos segundos para que los posos más gordos se asentaran). El resultado es un pan que creció muchísimo en el horno, me sorprendió porque pensé que había fermentado bien pero creció una burrada.
El aroma el primer día era un poco decepcionante, no había rastro de la horchata (a menos que uno le echara imaginación). Curiosamente, al día siguiente el olor si revelaba algo, pero era más un toque almendra y coco, algo chocante (aunque muy leve). El sabor era más de lo mismo; a mí me recordó a un día que quería hacer pan de leche pero no tenía azúcar, así que eché miel, y aquello dio un toquecillo diferente al pan, pues eso.
Otro día pienso usar horchata sin filtrar e intentar que caigan a la masa cuantos más posos mejor, para que queden trocitos húmedos en la masa que den sabor, vayan infusionando la miga de los aromas de la chufa, y conserven más humedad dentro de la miga.
Dan Lepard cuenta en The Handmade Loaf cómo a finales del s XIX el Levante mediterráneo estaba muy de moda, así que los autores fantaseaban con historias, relatos e incluso recetas de allí. Cuenta cómo un pan que usaba leche de almendras recibió el nombre de «pan turco», aunque él no ha podido encontrar ninguna referencia en recetarios turcos. Este sería un pan valenciano, o levantino.
Mixto
Me hace mucha gracia el nombre bikini. No obstante, el toque honesto y sencillo de la palabra mixto me parece insuperable.
Pasado por la sartén con mantequilla. Y con un poco de ale.