Uno de los mejores recuerdos que me dejó mi abuela, además de las mejores natillas que he probado, de la merluza rebozada, de los bocadillos de lengua rebozada, de las vainas con tomate, de la ijada asada, de cuando nos dejaba rascar lo tostado de la sartén de bechamel, de los macarrones con chorizo el sábado después del partido de baloncesto, del puré de verduras, de la onza de Valor en el armario de atrás, de la sopa de almendra en Navidad, de la cosa esa que hacía con puré de patata, mahonesa, jamón dulce y aceitunas, de mi primer café con leche (en cazuelita de asa larga y con pan remojado), del arroz con riñones y de su imborrable presencia, fue el momento de abrir el bote de leche condensada cocida.

No era algo que se hiciera a menudo; era un momento sagrado e iniciático.











Sardinas en escabeche
Que me he desayunado en la cafetería del mercado de Sant Antoni.
Con sus ajitos, su laurel, su pimentón. Me he pedido otro trozo de pan.