Pan y panaderías en Georgia

Como me fui a Londres directamente después de las vacaciones en Georgia y Armenia, no me dio tiempo a hacer una entrada sobre el pan de aquellos lugares.

Tbilisi, la capital de Georgia, me impresionó por su cantidad de panaderías, casi en cada manzana hay una. Según paseas por sus calles se suceden los pequeños obradores donde panaderos, a menudo solitarios, van sacando alargadas y planas hogazas de shoti caliente. Este es el pan que ya había probado en Barcelona, de la panadería georgiana del Clot. Al igual que en el Clot, cada panadería tiene un horno cilíndrico con apertura superior, pariente del tandoor indio. Los había de leña, de gas, incluso eléctricos. Los panes se forman sobre una especie de almohada y después pegan directamente en la pared del horno, donde se cuecen. En la primera fotografía, el panadero saca un pan del horno con un gancho alargado.

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En nuestro deambular por las calles (a veces en ruinas) de la parte vieja de Tibilisi nos encontramos con decenas de estos obradores, y entré en varios para charlar con los panaderos georgianos (dentro de lo que mi georgiano y ruso permiten). Es curioso, ya que todos mostraban una gran simpatía y amabilidad hacia mi curiosidad. Se me ocurrió entonces que el ver trabajar a un artesano del pan aquí es algo cotidiano, tan diferente de nuestro día a día, donde la figura del panadero ha desaparecido casi por completo. Además, el shoti es un pan rápido, que se cuece en apenas 5 minutos y se va elaborando sin pausa a lo largo de todo el día, con lo que el panadero siempre está presente, ahí mismo, a la vuelta de la esquina.

Además del shoti, el otro gran protagonista de las calles, bares, cafés, autobuses, trenes y restaurantes de Georgia es el jachapuri (khachapuri en su habitual transcripción inglesa, que carece del sonido aspero y arábigo de la jota). En el cartel de la siguiente foto dice jachapuri (el georgiano es fantástico, no tiene mayúsculas)

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El jachapuri es en esencia una masa de pan con queso; pero esta definción apenas comienza a abarcarlo, ya que hay una infinidad de variaciones de formas, tamaños, ingredientes. Desde masas casi hojaldradas hasta fritos; desde grandes tortas cubiertas  con queso caliente, hasta pequeñas bolsas de pan encerrando una mezcla de quesos locales (los lácteos georgianos son para escribir un tratado), incluso el jachapuri de la región de Ajaria, coronado con huevos y mantequilla nada más salir caliente del horno. La verdad es que se podría escribir todo un libro sobre este auténtico símbolo nacional. El jachapuri es el sustento diario de millones de georgianos, una comida humilde y potente. En la foto inferior en su versión «emplatada», en un pequeño café en las montañas de Kazbegi.

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Durante el viaje, de camino a la remota región de Svaneti,  pude ver cómo lo elaboradan en la plancha de una cocina de leña.

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Una cosa que me llamó la atención es que el jachapuri siempre lo elaboran las mujeres y el shoti siempre lo elaboran los hombres. Curiosamente, muchas veces el mismo negocio tiene dos mostradores, en uno venden shoti, y en el otro, elaborado con bolas de la misma masa, venden jachapuri.

Por lo que pude ver, los georgianos son grandes consumidores de pan, y en general de cualquier tipo de masa, ya sea cocida, frita, a la plancha, etc. Las masas fritas son muy populares, las hay te todas las formas, tanto dulces como saladas.

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Al igual que muchos otros platos georgianos, estas masas parecen un cruce de caminos gastronómico, a veces familiar, muchas otras veces con un toque del Este y Centro de Europa; algunos de estos fritos recordaban a delicias como el langosh húngaro y eslovaco, o los ruske pirovske («rollos rusos») que comí en Eslovaquia.

No obstante, además de productos artesanos, elaborados por una persona a la vuelta de la esquina, me dio la impresión de que el gusto georgiano por el pan es poco menos que desmedido. Vi también muchos tipos de pan tierno, muchas veces de producción industrial, de miga blanda, suavísima, con ese toque dulzón del trigo local. Un pan que se veía mucho era uno plano y redondo elaborado en molde, bastante chocante (el de la foto de la furgoneta). Aunque también había todo tipo de bollos y panes de molde. No era extraño encontrar incluso algún pan negro, de centeno, de clara influencia rusa.

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Ya en la mesa, el pan siempre está presente, me recordó un poco a esta actitud tan española de no poder comer si no hay pan en la mesa. Para acompañar a este pan, un poco de música georgiana que canta a sus valles, sus caminos, sus gentes y su vino, Baiar Shahini.

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Vainas con especias de allá

En casa de un amigo que empata con Siria por un lado de la familia, probé hace años unas vainas especiadas al modo de allá que me sorprendieron mucho, sobre todo cocinadas por un ama de casa vasca amante de la buena cocina tradicional.

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Así que el otro día compramos unas vainas y un poco de carne de cordero picada para ponerlo con un ras el hanout casero y unas pasas… y unos higos que estaban perfectos. Entre el comino, la canela y los higos, me recordó bastante a los deliciosos guisillos de Marruecos.

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Gazpacho, Stilton y salmón ahumado

La primera comida en casa, con un pie aquí y un pie aún allí.

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Me dio la frutera unos tomates de esos que están rojos de puro maduro, y un pepino que se olía desde el salón al cortarlo.

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Masa madre centenaria de Dinamarca

Ya de vuelta en casa, me tocan las labores ingratas del pan: tirar la harina rancia (qué calor hace en Barcelona), revivir la masa madre, ordenar todo. También tengo algo más grato, encontrarle un sitio a la masa madre que me traje de Ottolenghi. Es una masa madre centenaria que Dan Lepard trajo en su día de Dinamarca.

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En concreto, el delicioso capítulo sobre el pan en Dinamarca del delicioso «The Handmade Loaf» (mi libro de pan favorito, y uno de mis libros favoritos)  tiene un pasaje en el que habla de esta masa madre. Así que, antes de ponerme a trabajar, me demoro deleitándome con este pasaje (traducción libre y apresurada):

Eva Hauch trabaja en una oficina. Sentados en el jardín, bromeamos sobre los proverbios que usan el pan o la panificación como metáfora. “A veces, cuando vemos a un hombre grande y musculoso, lo llamamos stort brød (pan grande)”, dice riendo. Eva me pregunta cuando voy a marcharme. “Estoy horneando una hogaza ahora mismo”, me dice. “Todavía está en el horno, pero seguramente estará lista para llevar mañana”. La hogaza de la que habla es el pan negro tradicional,  rugbrød (pan de centeno). “Este surdej (masa madre, literalmente masa agria) procede de Bornholm. Cuando estábamos en Esrum un amigo de nuestro vecino me dio un trocito de este fermento. Me dicen que tiene más de cien años. Mucha gente me cuenta historias de estos fermentos míticos, preservados como una reliquia y parte de su herencia. Cuando los chicos estaban creciendo, hacía pan con ella habitualmente. Mi amigo y yo hemos regalado trozos del fermento a otros amigos, compartirlo es una forma de mantener vivo el fermento, y una garantía de mantener la tradición”. Al día siguiente trae la hogaza, cuidadosamente envuelta en papel parafinado, con precisos pliegues a ambos lados, y metida en una bolsa de plástico claro. “No lo comas hoy”, me advierte, “la miga estará pegajosa y arcillosa. Deja que madure unos  días”. Y así lo hago. Sobrevive al vuelo sin daños y cuando, ya en casa, abro el paquete en la mesa de la cocina, está perfecta. Ligeramente abombada por encima, tiene una corteza oscura, casi de chocolate. Cortada en rebanadas, la miga tiene una textura ligeramente cerosa. El sabor es una mezcla del tradicional toque penetrante del centeno, el agrio de la masa madre y un fuerte regusto a regaliz.

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Diario de un aprendiz de panadero: el final

Llegó el momento de marchar. Es hora de ir recogiendo los recuerdos, los ratos pasados en este lugar; limpiarlo bien todo, apagar los hornos, y salir sin hacer mucho ruido. Como cada amanecer, cuando la noche acaba y dejo el obrador con las primeras luces, pedaleando hacia el Este.

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La noche en un obrador tiene algo, tal vez me lo parezca porque, además, soy una persona nocturna; pero hay una camaradería especial, que no entiende de idiomas, y sí de gestos, de cafés y de masas.

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Así que estoy seguro de que este mes será como un souvenir que nous allons chérir toute notre vie. Como recuerdo físico, me llevo tan sólo una lata de canela vacía.

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Es holandesa y, curiosamente, se llama Polak (y tiene los colores de Polonia). Será la mejor caja de galletas. Me gusta llevarme algún objeto de los sitios donde vivo: mi taza preferida de Amsterdam, mis alforjas de Hamburgo, multitud de pequeños objetos de los años en Londres.

Ya está.

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La misma sensación que se ha repetido cada mañana: dejar el trabajo atrás y salir a una ciudad tranquila, a un mundo casi por hacer. La semana que viene, vuelta a Barcelona, a preparar los cursos para este otoño y, más allá, pensar cuál será el siguiente destino.

La última canción de este diario es mi canción polaca favorita: «My» (Nosotros), del grupo Myslovitz. Habla de nosotros.

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Diario de un aprendiz de panadero: turno de día

Esta semana me paso por el turno de día, es algo que me apetecía mucho conocer antes de volver. Poder ver lo que hace esa gente de la que, por la noche, tan sólo vemos las huellas. Y la verdad es que aún estoy impresionado: es un paraíso de perdición y mantequilla. Las neveras están llenas de lingotes planos de 1 kg de mantequilla Lescure de Charentes, y de masas de hojaldre en diversos estados de preparación.

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Las masas hojaldradas (la mantequilla, en una palabra) son las grandes protagonistas. Desde el hojaldre hasta los croissants y las napolitanas, las caracolas, etc. Hacemos un hojaldre de seis vueltas que se tarda tres días en elaborar, alucinante. Capas y capas de mantequilla francesa embutidas en masa.

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Tocar la masa de croissant es simplemente increíble. Cuando estiras los triángulos de masa para formar los croissants o las napolitanas es como tocar el más fino terciopelo, suave, frío, casi helado…y se te quedan las manos con un aroma a mantequilla limpia. Da gusto enrollarlos cuando la masa aún tiene buena consistencia; al de unos minutos coge temperatura y es una lata.

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Para el relleno de las napolitanas (aquí también les dicen «pain au chocolat») usamos exclusivamente chocolate belga fundido, sin mantequilla ni nada.

En el turno de día mi mentor es Mariusz, lleva ya bastantes años en esto y tiene una gran destreza, ya sea con el hojaldre, el pan o los pasteles. Me ha enseñado a manejar la máquina de rodillos para hojaldre; es como estar al timón de un velero. Giras la rueda y cambias el grosor del hojaldre; según gira la cinta transportadora, pasa la masa y vas reduciendo el grosor al hacer los pliegues, hasta que queda una fina capa de cerca de 2 metros de largo. Yo he hecho hojaldre y croissants en casa, hace años, con rodillo y mármol, pero estar aquí haciendo hojaldre es un sueño hecho realidad.

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Otros objetos mantequillosos y de perdición que elaboramos son los brioches. Hacemos un brioche sin concesiones: mitad de mantequilla por peso de harina y huevos como único líquido. Los elaboramos en molde grande, también como pequeños brioche à tete (formándolos previamente como Barbapapa) y como briochitos planos para los bocadillos de la noche, (los aplanamos como pitas).

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Pero en el turno de día también trabajan las chicas de los dulces, no paran de elaborar una variedad sorprendente de cosas ricas: merengues que luego se terminan con puré de maracuyá, como si fueran carolinas tropicales (qué peste se me ha quedado en las manos después de pelar varios kilos), macarons, piruletas de frambuesa, brittle de chocolate o sésamo, grisines de parmesano y romero, etc. Además, siempre cae alguna que otra cosilla de las que preparan en los restaurantes.

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Por fin he podido ver cómo se elaboran cosas que ya conocía del turno de noche, como las tartas cuadradas de fruta (con base de dos capas, de crumble y  crema de almendra), y también las tartas saladas. Hoy había una muy española de jamón serrano (sorprendentemente bueno) y guisantes; y otra de brécol, gorgonzola y cebolleta.

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Lo más chocante es que, habiendo vivido el último mes con horarios de vampiro, el turno de día para mí es en realidad un turno de noche, así que venzo al sueño gracias a la emoción del hojaldre y a que tomo más café que durante mis noches de pan. Mañana vuelvo al turno de noche, con mis compañeros de siempre.

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Diario de un aprendiz de panadero: I like things

Esta es mi última semana aquí. Las noches van pasando cada vez más rápido, como si hubieran cogido inercia, y los ritmos del obrador se suceden a velocidad acelerada. Por otro lado, dos de las tiendas han estado cerradas estos días por el carnaval de Notting Hill, así que la cantidad de pan a elaborar es menor. Normalmente tenemos una tabla de cantidades para cada día de la semana, están protegidas por fundas plásticas, y es normal que se manchen y se mojen con las harinas y demás (sobre todo la malta es una mancha muy persistente y pegajosa). No obstante, estos días hemos tenido que usar unas hojas extraordinarias, y trabajar masas mucho más pequeñas.

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Parecerá curioso pero, al cambiar las cantidades de ingredientes a las que estás acostumbrado, se producen cambios que van más allá del mero tamaño; hay que reajustar tiempos, humedad, volver a aprender las texturas, observar con una nueva atención como evoluciona cada masa; este es el auténtico trabajo del panadero. El panadero elabora («hace») al igual que otros oficios que trabajan con comida, pero creo que, sobre todo, el panadero observa, toca, huele, escucha; hay una continua e inmensa interacción entre masa y panadero; continuos ajustes y un proceso de aprendizaje infinito. La humedad, los días calurosos (o fríos), las diferencias en la misma harina (según las partidas), las diferencias en calidad de las diferentes levaduras (y de la misma levadura con el paso de los días); todo influye y entra en la ecuación que el panadero maneja con el fin de obtener un producto homogéneo día tras día.

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Estos días Andy y yo nos miramos mucho; es la manera más rápida de comunicación para saber qué está pasando. Tocamos la masa, nos miramos; la tocamos otra vez y, sin mediar palabra, ya sabemos lo que hacer (casi siempre coincidimos); si sacarla de la amasadora, si corregir la harina o el agua, si darle un poco más de tiempo. Me gusta.

Por otro lado, con el paso de las semanas, también he encontrado mi puesto en el engranaje humano del obrador. Acabas por conocer los gustos y las manías del equipo; y empiezan a conocer tus gustos y tus manías. Creo que Grzegorz me vio un día muy interesado en el bol con la mezcla de los muffin de plátano, mango y fruta de la pasión; así que, cuando termina, suele dejarlo (como quien no quiere la cosa) cerca de mí, por si me apetece meter un dedo furtivo en esa sustancia dulce y celestial (sabe nítidamente a las tres frutas a la vez).

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Creo que, en realidad, todos saben mi debilidad por tocar y oler cada masa, por la pasta para los sándwiches de pollo y pesto, con tomates cherry asados (ha resultado ser mi favorita), o por las peras ligeramente cocidas con un poco de limón, anís estrellado y canela (después las ponen en las tartaletas con crema de almendra; cosa fina).

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Me siento cómodo aquí; todo ha cobrado un sentido, y el orden de las cosas parece lógico: los panaderos trabajamos sobre madera, los pasteleros sobre una especie de granito frío, y todo lo demás se elabora sobre acero. Es simple.

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I like things.

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