Más madera, es la guerra.

Delicias de la autopista.
Más madera, es la guerra.

Delicias de la autopista.
(En su día, cuando colgué los documentos sobre cómo hacer masa madre y pan, hice una entrada sobre qué pasa cuando no usas la masa madre en un mes, para mostrar como la masa madre es prácticamente inmortal y que no requiere de grandes cuidados para su almacenaje. Esta es una pequeña continuación; un homenaje a este ser tan increíble. En breve sacaré el nuevo diseño del blog y le seguirán los nuevos documentos, mejorados con todos los comentarios y preguntas que me han llegado.)
Después de estar casi todo el verano fuera de casa, llega la hora de hacer pan de nuevo, no hay ni una miga en casa, ¡hasta el congelador está vacío! Así que hay revivir la masa madre, el alma del pan. Cuando dejas de usar la masa madre, hay muchas maneras de guardarla: secarla, congelarla…yo sencillamente no hago nada. Tenía la masa madre en estado casi sólido (al 50-60% de agua por peso de harina), pero con las prisas de los viajes no me dio tiempo a preparar nada especial; se quedó durmiendo en su túper todo este tiempo.
La masa ha ganado algo de acidez, al disminuir a cero la actividad de las levaduras, pero no tiene el toque a acetona que se le pone otras veces (sobre todo otras veces que estaba más líquida). Aunque la cubre una pequeña capa un poco más oscura, no es el tono marrón o negruzco que adquiere a veces, por dentro incluso conserva todavía estructura de masa de pan (en la segunda foto); pero la textura es extraña, algo que veo que sucede cuando una masa madre sólida se deja durante mucho tiempo, parece como si la harina se degradara y perdiera su calidad elástica para convertirse en una crema sedosa, casi como una bechamel (tercera foto).



Pero, conociendo a la masa madre, todo esto no es impedimento para que una cucharadita de postre de vieja masa madre pueda alimentar en poco tiempo a toda mi plaza, a todo el Poble Nou, a toda Barcelona, a toda España y, con un poco de tiempo, solucionar el hambre en el mundo… Bueno, pero vayamos por partes.
Empiezo de noche, cuando la casa está tranquila. Tomo una cucharadita de postre de la madre y le añado otra de harina y otra de agua, hasta hacer una pelotita de apenas 20 gramos. Esta pequeña cucharadita es todo lo que hace falta, el pasaporte para tener panes toda una vida.

A la mañana siguiente, el paso fundamental: ya hay vida.

A partir de esta buena señal, y aunque la temperatura ha bajado mucho en 2 días, tan sólo se trata de ir alimántandola; completar ciclos de alimentación (el tiempo dependerá de la temperatura y la cantidad de harina y agua): el siguiente paso es una cucharada sopera, luego dos, tres, siempre siguiendo el ritmo de crecimiento de la madre. Al de un día entero, la madre ya parece casi lista, tras unos 4 ciclos de alimentación, el aroma vuelve a ser natural y agradable.

En menos de dos días, la masa ya está lista, y parece que ha recobrado su fuerza y vigor. Ahora la vuelvo a tener al 100% de agua (mitad harina, mitad agua), ya que así es fácil calcular las cantidades para las recetas; en concreto hoy me ha dado unas chapatitas.

De esta cantidad, voy a coger una cucharadita para alimentarla otras 2 ó 3 veces seguidas para conseguir que esté en forma, que los sabores vuelvan a ser los deseados, y asegurarme de que la puedo guardar en la nevera con garantías de que estará en forma la próxima vez que la necesite.
Gordas como dedos.

Y crianza; no se hacen prisioneros.
En Armenia estuve menos tiempo que en Georgia, pero la presencia (y el recuerdo) de su pan también es importante.

Me pareció otro país de pan, gentes acostumbradas a acompañar su comida con pan, a servir la comida dentro del pan, incluso a usarlo como utensilio; como el lavash. El lavash se veía por todos lados, fresco, en bolsas, colgado secándose. Una de las imágenes más inolvidables es la de una panadería donde lo elaboraban sin cesar.
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A diferencia de Georgia, donde el pan shoti era cuestión de hombres, el lavash es un asunto femenino. Además, en vez de panaderos solitarios, como en Georgia, las panaderías de Ereván eran cuestión de dos; una mujer estira los trozos de elástica masa con las manos y el rodillo, y los pasa a la otra que, sentada en el suelo, los voltea en el aire con un movimiento tan preciso como espectacular, los forma sobre una especie de almohada, y finalmente los pegar directamente sobre las paredes del tonir, un horno enterrado, similar al georgiano, y pariente también de los hornos que se encuentran a lo largo de la Ruta de la seda; desde la India, pasando por Persia hasta el Mar Negro. El lavash está unos pocos segundos en el horno, tiempo suficiente para salir con grandes burbujas como ampollas y pequeños toques oscuros aquí y allá.
Cuando está fresco, el lavash se usa para todo, desde enrollar un shashlik a servir de base a unos gruesos pedazos de asado jorovats (khorovats) de cerdo, pleno de cilantro fresco y cebolla.

Cuando se seca, se endurece y es casi como una galleta crujiente; para platos de sopa o yogur se vuelve a hidratar y tiene una segunda vida.
Uno de los platos nacionales de Armenia, el lahmacun, es una especie de masa de lavash, finísima, con carne de cordero y verduras. En Armenia lo tomé siempre con limón; en restaurantes turcos siempre lo he tomado con ensalada; desde hace años es sin duda una de mis comidas favoritas.

El lahmacun en Armenia me pareció finísimo, hecho con masa sin fermento, de tono blanquísimo y fina hasta el extremo.
Otro pan que se veía mucho es pariente de los panes planos, esponjosos y de trigo dulzón que se encuentran desde el sur del Mediterráneo hasta la India; el matnakash. No era difícil encontrar panaderías que lo hicieran, redondo, plano, con sus característicos surcos paralelos. En la foto inferior, antes de entrar al horno, donde permanecía hasta salir con un bello tono dorado.


Me recordó al pan persa que comprábamos caliente los domingos en el Este de Londres. En la casa donde nos quedamos en Ereván, por las mañanas nos ponían un desayuno tan sencillo y humilde como delicioso: uno trozos de pan matnakash con mermelada casera de albaricoque, la fruta nacional de Armenia (Prunus armeniaca).

El sabor de esa mermelada era sencillamente increíble, aún lo recuerdo con nitidez.
Como me fui a Londres directamente después de las vacaciones en Georgia y Armenia, no me dio tiempo a hacer una entrada sobre el pan de aquellos lugares.
Tbilisi, la capital de Georgia, me impresionó por su cantidad de panaderías, casi en cada manzana hay una. Según paseas por sus calles se suceden los pequeños obradores donde panaderos, a menudo solitarios, van sacando alargadas y planas hogazas de shoti caliente. Este es el pan que ya había probado en Barcelona, de la panadería georgiana del Clot. Al igual que en el Clot, cada panadería tiene un horno cilíndrico con apertura superior, pariente del tandoor indio. Los había de leña, de gas, incluso eléctricos. Los panes se forman sobre una especie de almohada y después pegan directamente en la pared del horno, donde se cuecen. En la primera fotografía, el panadero saca un pan del horno con un gancho alargado.


En nuestro deambular por las calles (a veces en ruinas) de la parte vieja de Tibilisi nos encontramos con decenas de estos obradores, y entré en varios para charlar con los panaderos georgianos (dentro de lo que mi georgiano y ruso permiten). Es curioso, ya que todos mostraban una gran simpatía y amabilidad hacia mi curiosidad. Se me ocurrió entonces que el ver trabajar a un artesano del pan aquí es algo cotidiano, tan diferente de nuestro día a día, donde la figura del panadero ha desaparecido casi por completo. Además, el shoti es un pan rápido, que se cuece en apenas 5 minutos y se va elaborando sin pausa a lo largo de todo el día, con lo que el panadero siempre está presente, ahí mismo, a la vuelta de la esquina.
Además del shoti, el otro gran protagonista de las calles, bares, cafés, autobuses, trenes y restaurantes de Georgia es el jachapuri (khachapuri en su habitual transcripción inglesa, que carece del sonido aspero y arábigo de la jota). En el cartel de la siguiente foto dice jachapuri (el georgiano es fantástico, no tiene mayúsculas)

El jachapuri es en esencia una masa de pan con queso; pero esta definción apenas comienza a abarcarlo, ya que hay una infinidad de variaciones de formas, tamaños, ingredientes. Desde masas casi hojaldradas hasta fritos; desde grandes tortas cubiertas con queso caliente, hasta pequeñas bolsas de pan encerrando una mezcla de quesos locales (los lácteos georgianos son para escribir un tratado), incluso el jachapuri de la región de Ajaria, coronado con huevos y mantequilla nada más salir caliente del horno. La verdad es que se podría escribir todo un libro sobre este auténtico símbolo nacional. El jachapuri es el sustento diario de millones de georgianos, una comida humilde y potente. En la foto inferior en su versión «emplatada», en un pequeño café en las montañas de Kazbegi.



Durante el viaje, de camino a la remota región de Svaneti, pude ver cómo lo elaboradan en la plancha de una cocina de leña.

Una cosa que me llamó la atención es que el jachapuri siempre lo elaboran las mujeres y el shoti siempre lo elaboran los hombres. Curiosamente, muchas veces el mismo negocio tiene dos mostradores, en uno venden shoti, y en el otro, elaborado con bolas de la misma masa, venden jachapuri.
Por lo que pude ver, los georgianos son grandes consumidores de pan, y en general de cualquier tipo de masa, ya sea cocida, frita, a la plancha, etc. Las masas fritas son muy populares, las hay te todas las formas, tanto dulces como saladas.

Al igual que muchos otros platos georgianos, estas masas parecen un cruce de caminos gastronómico, a veces familiar, muchas otras veces con un toque del Este y Centro de Europa; algunos de estos fritos recordaban a delicias como el langosh húngaro y eslovaco, o los ruske pirovske («rollos rusos») que comí en Eslovaquia.
No obstante, además de productos artesanos, elaborados por una persona a la vuelta de la esquina, me dio la impresión de que el gusto georgiano por el pan es poco menos que desmedido. Vi también muchos tipos de pan tierno, muchas veces de producción industrial, de miga blanda, suavísima, con ese toque dulzón del trigo local. Un pan que se veía mucho era uno plano y redondo elaborado en molde, bastante chocante (el de la foto de la furgoneta). Aunque también había todo tipo de bollos y panes de molde. No era extraño encontrar incluso algún pan negro, de centeno, de clara influencia rusa.


Ya en la mesa, el pan siempre está presente, me recordó un poco a esta actitud tan española de no poder comer si no hay pan en la mesa. Para acompañar a este pan, un poco de música georgiana que canta a sus valles, sus caminos, sus gentes y su vino, Baiar Shahini.
En casa de un amigo que empata con Siria por un lado de la familia, probé hace años unas vainas especiadas al modo de allá que me sorprendieron mucho, sobre todo cocinadas por un ama de casa vasca amante de la buena cocina tradicional.

Así que el otro día compramos unas vainas y un poco de carne de cordero picada para ponerlo con un ras el hanout casero y unas pasas… y unos higos que estaban perfectos. Entre el comino, la canela y los higos, me recordó bastante a los deliciosos guisillos de Marruecos.
Caña y boquerones
En La Plata, aquí en Barcelona.
Con la acera mojada fuera; de esos momentitos especiales. Sobre todo porque llevo un verano con déficit de anchoas, bonito y verdel.