Llegar a casa después de una buena kilometrada, y encontrar un plato de croquetas caseras.

La conocida capacidad isotónica de las croquetas de pollo. Sí.
Llegar a casa después de una buena kilometrada, y encontrar un plato de croquetas caseras.

La conocida capacidad isotónica de las croquetas de pollo. Sí.
Llegar a Madrid y conseguir naranjas confitadas para mis mujeres de Maeztu. Un lunes de puente. En octubre.


Der cielo über Madrid, tan precioso como siempre.
* Con sorpresa descubro que Casa Mira tiene (o tuvo) un appointment to his royal majesty. Y uno que pensaba que estas cosas no pasaban en España. God save Casa Mira.
Con olivas negras, ajo y un poco de tabasco & pepper.

El condumio había sobrado de una focaccia en un taller de pan, se encontró en la nevera con una berenjena asada que estaba triste y sola, y con una masa abandonada que tres o cuatro días antes había querido ser un pan de molde. Pimpampún.
*Antes de entrar al horno le hice una foto con la cámara de fotos. Creo que es la última foto que hizo, la pobre.
Té y teteras.


Ando tomando un té muy rico que me trajo Munduate all the way desde Gibraltar; me lo tomo en la nueva tetera francesa. En la foto, sobre el horno que ha acampado en mitad del salón. Echo de menos la isla, por su clima y por su té.
Encima, la mítica tetera Salam. Por una cosa u otra, es una tetera que me ha acompañado durante toda la vida, reencontrándome con ella aquí y allá, en casas de familiares y amigos. Cuando sea mayor, yo también tendré una tetera Salam para agasajar a las visitas.
El otro día, al abrir un viejo recetario al azar, encontré esto. En la página 933 de un libro publicado en 1907:

Las palabras. La capacidad evocadora de las palabras. Me quedo sin palabras ante estas palabras, juntas en esa página, esperándome todo ese tiempo.
El año pasado saqué un pequeño blog de palabras, «Menú del día», la idea era recopilar palabras, todas las palabras que caben en las pizarras que anuncian los menús del día. Comerse las palabras con la vista y dejar volar la imaginación, hacerse la boca agua con las palabras. Por mil asuntos (y a pesar de que mucha gente me mandó fotos de pizarras con palabras), aquello no salió adelante. Pero ahí quedan esas palabras. Las palabras no se agotan.
Pimientos asaditos de casa. La manteca se funde entre los labios con el calor de la avena.

Yo realmente quería hacer porridge con pera, pero como no tenía mantequilla, me he visto obligado a echarle manteca colorá. Un drama.
Felipe II
En Algorta.
En todos lados.