Hay días raros en la vida.
Ayer estaba trabajando y buceé en el congelador para escarbarme algo que comer. Encontré un bote desconocido.

Resultó ser boloñesa congelada.
Por la tarde prosiguieron mis pesquisas en la nevera y, con asombro, encontré esto.

Nunca he entendido la obsesión por hacer cosas que no son lo que son, práctica habitual en la cocina moderrrrrna y en muchas elaboraciones para vegetarianos y productos con «finalidades especiales» (me hace gracia el nombre «alimento funcional»), como por ejemplo los productos para dietas de adelgazamiento. Conste que, hace más de 15 años, fui vegetariano. Pero ni siquiera entonces me seducía la idea de la soja texturizada (la idea de la soja en sí sigue sin seducirme), los filetes vegetales o las salchichas de mentira que intentan imitar a salchichas de Frankfurt. Me encanta probar cosas, todas, de hecho me encantan las guarradas (desde el comienzo de este blog, hace más de 6 años, hay una categoría llamada Guarradas, donde muestro mi veneración por lo que el amigo Robin Food ha elevado con el tiempo a la categoría sagrada de Guarrindongadas), pero, no sé, no le veo sentido a algunas cosas. Vaya, que estaban asquerosas.

Suerte que había chucrut casero y que al puré le puse cebolla de esa tostada tan cerdita.









Olivas, pan, cerveza
Olivas y pan marroquí de la tienda de la esquina. In de terraz…
No sé yo cómo llevarían en Marruecos la cervezota rica. Bueno, seguramente la llevarían muy bien, claro.