El meme de las 8 cosas

Bueno, parece que el verano es la estación de los memes. Ahora me pasa Marona, desde Salzburgo, el meme de las 8 cosas, el más personal…mmm… veamos

1. Soy un teapot man.

Teapot me

2. Vivo en Londres, pero soy de Bilbao, aunque «no soy de aquí ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir y ser feliz es mi color de identidad»…bueno, más o menos.

3. Soy un fanático de la bici, realmente integrista, tú… voy a tooooodos lados con la bici, llueva, truene, nieve; al trabajo, de compras, de vacaciones. Lo que más me gusa del mundo es viajar en plan cicloturista con las alforjas y la tienda de campaña, con el horizonte como único destino.

4. Soy un raro, veo la tele sin sonido.

5. Me gusta mucho el arte, de hecho trabajé durante años como guía en un bonito museo, bueno, realmente trabajé en varios bonitos museos explicando bonitos cuadros. Como también me atrae mucho la ciencia, ahora trabajo aquí, pero me gustaría trabajar lejos de una oficina y de un «9 a 5». Bueno, como a todos, ¿no?

6. Se me dan bien los idiomas, aunque como soy un poco vaguillo, nunca me los he tomado en serio.

7. En comida, como en casi todo, cada vez me gustan más las cosas sencillas, menos es más.

8. Tengo la cabeza a pájaros, y allá donde voy me llevo los prismáticos y la guía de aves, ¡para desgracia de mis acompañantes!

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A pint of ale and a packet of crisps in Italian Light

Ahora que sé que mis días en esta ciudad están contados, apuro mis ultimos tragos de ale.

Pint of ale and a packet of crisps

Me gusta la London Pride, la de la foto (¡qué remedio, es la que hay por todos lados!), aunque últimamente la más rica que he probado, con diferencia, es la Bombardier. Pero esto depende tantísimo del sitio donde te la tomas, que a veces te llevas sorpresas.

Yo soy muy cervecero, y no me costó acostumbrarme al sabor afrutado y profundo de la ale, pero reconozco que puede chocar al principio, vamos, que es otro «acquired taste» (sí, la reina estaría orgullosa de mi). El sabor es muchísimo más complejo que el de la cerveza «rubia» (lager) que se encuentra en la mayoría de los sitios en España. Dependiendo de la marca de ale, el sabor varia de florar a meloso, o con notas de amargor y cereal. Una cosa fascinante, ya digo.

Además, la ale es la cerveza más «panadera», ya que las de verdad siguen fermentando en el envase (ya sea el barril o la botella), y las levaduras están presentes. Se puede decir que la ale está viva, por eso tiene un sabor tan natural y fresco.

Es muy fácil identificar las ale, incluso antes de que el camarero haya cogido un vaso para servirla; ya que a las ale no les añaden gas carbónico, con lo cual hay que bombear para que la cerveza salga por el tirador. Los tiradores de ale tienen una palanca muy larga, para hacer más fuerza; en un par de bombeos te han llenado el vaso de pinta. Esto me encanta, ya que no me gustan las cervezas con demasiado gas, lo encuentro mucho más natural. Además, la ale no se sirve terriblemente fría, conlo cual los sabores son mucho más pronunciados.

Técnicamente lo que pasa es que la ale se fermenta menos tiempo y a temperatura más alta que la cerveza lager, a la que estamos más acostumbrados. El método de fermentación (el uso de las levaduras) también es diferente al de la lager, así que el resultado es una cerveza más dulce. La ale es la cerveza que tradicionalmente se producía en verano; la lager es la cerveza que fermentaba durante los largos meses del invierno, con un amargor más profundo.

Sin ser Alemania (mi meca cervecera) hay bastante variedad, y allí donde vayas tienen buena ale. Aquí al lado de Londres, en Kent, incluso hay una con Denominación de Origen Protegida por la UE, la Kentish Ale, que se hace en la cervecería más antigua de Inglaterra, en Faversham. Como esta es gente de poca eurosimpatía, pues tampoco publicitan mucho el hecho de que es un producto con euroalcurnia.

Esto es, sin duda, algo que echaré de menos…ahora que le estaba cogiendo el callo: «A pint of ale and a packet of crisps, please»

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Las labores del invierno en verano

Poco a poco voy pensando en recoger mis trastos y dejar esta ciudad. Así que comienzan las labores propias del invierno (bueno, del verano).

Disecar la masa madre y guardarla en paquetitos, como quien hace reservas para la estación de cambios que se avecina

Disecando masa madre

Hace unas semanas que estoy haciendo experimentos con esto. Esparzo unas cucharada de masa madre (cuando está en plena efervescencia) y la dejo secar sobre papel de horneado. Luego la trituro y envaso los copos resultantes. Por el momento he conseguido reconstituirla un par de veces con éxito, y planeo enviarla a los confines del universo para que amigos y gentes de otras tierras puedan animarse a hacer pan de la manera tradicional y disfrutar con mi masa madre de Londres.

Posiblemente la «cepa» de masa madre más famosa es la de San Francisco, incluso tiene nombre Lactobacillus sanfranciscensis, y mucha gente se obsesiona hasta el extremo en conseguirla, para hacer una hogaza del mítico «San Francisco Sourdough», un pan con pedigrí.

No sé, creo a veces se pierde la sencillez de las cosas. Yo vivo en Londres, así que el bicho que pillé, y que vive en mi nevera desde hace más de 2 años, sería un Lactobacillus londonensis. Así que cuando vaya a Bilbao tendré Lactobacillus bilbainus (de la subcespecie Lactobacillus bilbainus chimberus), y puede que en breve me haga un cultivo de Lactobacillus barcelonensis,y no descarto que la nevera del futuro tenga sus botecitos de Lactobacillus anchoragensis, Lactobacillus lisbonensis o, por qué no, Lactobacillus alicudensis. Es lo bonito de la cosa, ¿no?.

Así que van pasando estos días de labores, y dentro de poco empezarán las bolsas de ropa, las cajas, el eterno y periódico desmontaje y posterior montaje de los muebles de Ikea para ir con ellos a otra tierra, hacia otro mar, a hallar con certeza otra ciudad mejor. Estos muebles que nos acompañan de casa en casa, como una caravana de recuerdos.

Mientras tanto, fermenta en la cocina la última masa, hecha con harina T550 de Polonia; una harina muy suave y delicada. Con esta harina casi dulce me encanta prolongar la fermentación (este pan de la foto tiene más de dos días) para que la masa coja un toque agrio que complemente a ese dulzor natural.

Harina polaca

Las hogazas leudando, el horno puesto a calentar, las noches de horneo; Londres se va acabando poco a poco.

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El meme de la ventana (gazpachito en la oficina)

Nunca había hecho un meme, de hecho aún me suena raro cuando lo escribo o pienso (lo digo poco, la verdad). Pero con mucho agrado tomo el ofrecimiento de ManzAna.
Aquí está.

Vista desde mi ventana en Gray´s Inn Road

Lo que veo desde mi ventana en Gray’s Inn Road. Basicamente la Eastman Dental Clinic, un edificio que siempre me ha parecido muy hitchcockiano, digno de la secuencia inicial de Psicosis, de que se asome Kim Novak por la ventana, o de que suba Tippi Hedren la escalinata principal con prisa y una falda hasta la rodilla. En las ventanas de ese edificio se ven de continuo fogonazos y flashes, que no son sino los dentistas trabajando en las bocas de sus pacientes.

Mi oficina es un sitio curioso, tiene rincones muy funkis, como la máquina de los tutti frutis (por veinte peniques te dan unos cuantos).

Tootie Frooties

O el rincón cotidiano del té. Tenemos una de esas pequeñas cocinas en las que nadie cocina. Sólo se hace té y se desenvuelven sandwiches, este país es así.

Coffee and tea making amenities

Más acorde con el espíritu de retrato cotidiano de mis quehaceres gastronómicos es la toma de aquí debajo, una experiencia que se repite todos los días.

Comiendo en el desk

Odio, detesto, aborrezco comer en el ordenador, con todas mis fuerzas. Es una de las razones secretas por las que voy a dejar esta isla. Que conste, no obstante, mi esfuerzo cotidiano por disfrutar del momento de la comida. En este caso, un gazpachito y pan casero de trigo y centeno.

Según parece, esto de los memes tienes que pasarlo, como la falsa moneda, así que con mucho gusto se lo ofrezco, sin ningún compromiso, a dos comensales que comparten esta mesa desde hace poco, Marona y MunduJr.

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Pan casero de centeno y la mejor mantequilla del mundo

Bueno, vale, sí…era un recurso estilístico. ¿Cómo demonios va a exisitir la mejor mantequilla, vino, pan, queso, etc. del mundo? Pamplinas.

No obstante, esta mantequilla ha sido calificada en sendas catas como la mejor del mundo (Wine Spectator 2000) y de Europa (Guardian 2002).

Pero empecemos por el principio.

Pan de centeno y mantequilla Occelli

Este es el primer pan 100% centeno que hago. Todo era centeno, desde la harina (era integral, pero tamicé parte) hasta la masa madre, ¡incluso la harina con la que espolvoreé el cesto de fermentado! No había ni una molécula de trigo, por decirlo en lenguaje científico.

Este pan, que empecé a hacer el sábado, ha estado esperándome todo el día en su paquetito. Casi seguro que ha pensado en mí a las doce, cuando me he tomado el «lunch break» como a diario. Es más, puede que haya pensado en mi cuando, poco antes de las seis, me he tomado un té. Pero este pan tenía una hora reservada, la hora de la cena.

Al cortarlo en rebandas, el olor que desprendía ha llenado por completo la habitación; un aroma sublime a cereal y regaliz. Vamos, que este pan podría mirar a los ojos a cualquier pan que he tomado en Alemania, ¿será amor de madre?

En cuanto a la mantequilla*: no sé si será la mejor del mundo (recelo de una mantequilla artesana con página web), pero esta mantequilla de Beppino Occelli es verdaderamente extraordinaria. La textura es puro vicio, hasta el punto de que hay que concentrarse para no comérsela toda a lametones directamente del cuchillo, es cremosísima. Tiene un sabor a la vez dulce y ligeramente agrio, como de nata fresca (se ha colado en mi memoria el recuerdo de la smetana que me fascinó en Centroeuropa).

¡Ah! También había pepinillos agridulces, cecina y cerveza.

* En mi pequeña memoria sentimental mantequera siempre habrá un lugar especial para la mantequilla «Las Nieves», de Espinosa de los Monteros, que venía en paquetitos de papel blanco y letras azules… ¡Anda! pero si acabo de descubrir que tienen pagina web y todo: Mantequilla Las Nieves (…para que te rías tú de las mantequillas con página web).

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Pan de centeno madurando

Al contrario de lo que pasa con el pan elaborado con levadura comercial, el pan hecho con masa madre mejora con el tiempo.

Cuando empecé ha hacer pan me di cuenta de que, al hacerlo con masa madre, éste envejecía muy bien, mejor que ningún pan que hubiera probado. De hecho, al principio mi glotonería y entusiasmo no me dejaba apreciar un hecho asombroso: si abres el pan al día siguiente de hornearlo, el pan «madura», y la textura y el sabor mejoran considerablemente. No sólo eso, al siguente día el sabor a pan «de pueblo» sigue acentuándose, y el pan sigue teniendo una esponjosidad más que aceptable.

El pan hecho con masa madre y «retardado» en la nevera durante la elaboración (una, dos o incluso tres noches) aguanta tan ricamente una semana. Es más, al cabo de este tiempo (las pocas veces que he podido comprobarlo, ¡je!) no se queda duro como el pan «comercial», sino que simplemente le falta algo de humedad, pero uno diría que está aún «vivo».

Después de constatar estas características del pan (mera observación pseudocientífica), encontré una receta de Dan Lepard para hacer pan sueco de centeno, en la que el pan se envuelve después de haberlo horneado y enfríado, y se guarda durante todo un día antes de disfrutarlo.

Pan de centeno madurando

El pan dentro de este paquetito está elaborado con harina inglesa de centeno, mi masa madre de centeno («la otra»), sal y un poco de miel. El aroma al finalizar la cocción del pan es simplemente embriagador. Envolverlo y dejarlo apartado hasta mañana ha sido un verdadero ejercicio de voluntad. Pero sé que merece la pena.

No sé si será lo que los ingleses llaman «un gusto adquirido», pero siento adoración por los panes centroeuropeos y escandinavos de centeno. El sabor penetrante y ligeramente acre del centeno me parece simplemente idóneo para algunos platos, y además se brinda a ser aromatizado con muchos de mis sabores favoritos: las umbelíferas (comino, hinojo, anís, alcaravea, etc), vinagre de encurtidos, miel, semillas. Por no hablar de su sabor amargo con una buena capa de mantequilla, que sorprendentemente siempre resulta dulce sobre una rodaja de centeno.

Así que ya me veo cortando este pan en finas rodajas; rodeado en mi visión de tocino tipo «speck», un buen verdel ahumado, unos pepinillos agridulces polacos, o queso holandés de cominos, incluso una cerveza de trigo que me transporte a otro tiempo y lugar.

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Cordero con patatas nuevas

Inglaterra es un país de grandes patatas, aunque muchas son muy pequeñas. Yo siempre he sido un amante patatero, y hace ya tiempo que empezó mi romance con las de esta isla.

Cordero con patatas nuevas

En la imagen, un asadito de cordero inglés reposa al sol vespertino de inicios de junio en Londres. La pieza está apoyada en una deliciosa cama de patatas nuevas.

Las patatas más pequeñas son las famosas Jersey Royals, una patata con denominación de origen protegida por la UE. La verdad es que son ricas y suaves, pero no me parecieron nada especial. Eso sí, son graciosas por el tamaño que tienen, y te las comes de un bocado. Normalmente se suelen preparar cocidas (quedan más ricas), asarlas no es tan común.

Las patatas más grandes fueron las verdaderas protagonistas de la cena, patatas nuevas de Norfolk, una auténtica delicia, se deshacen en la boca con una cremosidad increíble. Tienen una carne blanquísima y no son en absoluto granulosas, es más como si el campesino, allá en Norfolk, hubiera rellenado cuidadosamente cada patata con un suave puré, amazing.

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