No había ni mal tiempo ni luz plomiza, pero sí las buenas cosas del norte…en Barcelona como si fuera en Francia.

Todo venido desde Lille, en avión, por correo, en mano. Las buenas cosas de la vida.
El de la derecha es queso Maroilles y tiene un aroma bestial, aunque luego no es tan fiero. Es realmente delicioso, una mezcla entre el Pont-l’evêque y el Époisses; ni tan cremoso como el uno, ni tan fuerte como el otro.
El queso de la izquierda es otro queso del norte de Francia, media Boulette d’Avesnes al diente de león. Tiene menos olor que el Maroilles pero con más pegada…casi recuerda al queso picón de Tresviso, de los Picos de Europa, pero el diente de león le da un toque anisado muy curioso. Es el mejor queso que he probado este año.
Los panes no son míos, son de una panadería organicaguaydelparaguay de Barcelona (que aún tengo que visitar), Barcelona Reykjavik. El más blanco es de kamut, el más oscuro de espelta. Éste último no estaba nada malo, la verdad.










Diagonal abajo
La vida continúa en Barcelona, Diagonal abajo, a toda velocidad, hacia el mar.
En casa (en una de mis casas!!) tengo un horno con ventilador y estoy experimentando con éxito esto de la convección. Debajo a la izquierda, un pan de trigo con una pizca de espelta que ha salido especialmente ligero. Lo retardé en la nevera una noche, y luego estuvo 5 horas fermentando en su banneton al aire del otoño barcelonés. A la derecha, medio pan que hice con una harina francesa de cinco cereales (con avena y arroz, lo flipas). Este ha quedado abizcochado y dulce.