Hace tiempo que tenía esto por casa, de la tienda rusa.


Son unos trocitos de pan negro (de trigo y centeno) con sabor a caviar de salmón, ejem. Hace falta mucha cerveza para pasarlos, como se ve por todo el paquete.
Hace tiempo que tenía esto por casa, de la tienda rusa.


Son unos trocitos de pan negro (de trigo y centeno) con sabor a caviar de salmón, ejem. Hace falta mucha cerveza para pasarlos, como se ve por todo el paquete.
Y pizzacocalahmacun de chorizo (mezcla de todos los primos de la familia).


Quería hacer una especie de coca de recapte con sardinas y escalivada, pero como era San Juan no quedaba ni una sardina en la ciudad, así que le puse unos lomos de anchoa con pimiento y berenjenas asadas; ajos picados y chorro de aceite.
Como tenía masa de sobra, improvisé una especie de lahmacun de chorizo; con un picadito bastante burro de tomate, cebolla y mucho perejil (sazonado con sumak y pimienta), y le puse chorizo picado finísimo; tan fino que ni se ve. Al comerlo no te queda la certeza de que haya chorizo ahí dentro, pero estaba muy bueno, la verdad.
Cocidos al vapor.

Vinagreta de aceite, vinagre y mostaza de Dijon (como mi bicicleta).
El domingo.

Con carne, beicon, chorizo y demás. Aproveché la infusión de azafrán que me sobró de los bollitos de azafrán y cardamomo del sábado.
El arroz es de Molí de Rafelet, en Deltebre, el último molino de madera del Delta del Ebro. Es de la variedad Marisma y, por la molienda, es más oscuro y sabroso que los arroces «perfectamente» blanqueados. Además, lo producen sin aditivos, así que se hace más rápido que los otros arroces. Este lo hice en apenas 14 minutos.
Bellísimas palabras todas.


El brezel, crujiente y con una miga densa y mantequillosa; el bagel, bien prieto, brillante, chicloso y con una masa enriquecida con gluten y malta; y el lox: pues eso.
La tortilla de patatas de Laura
Después de un maravilloso baño dominical en el Cantábrico.
En casa no hacemos mucha tortilla de patatas, tal vez porque en mi casa nunca se ha hecho demasiada tortilla de patatas (y yo hago una tortilla bastante mala). Recuerdo las de mi abuela: individuales, pequeñísimas, doradas y sin cebolla.
El caso es que, con lo rica que es, no la como a menudo. Además, Barcelona no me ha parecido tierra de tortilla, con lo que casi siempre que vamos a Torrelavega, Laura nos obsequia, sin esfuerzo aparente, con una de sus fantásticas tortillas. Ésta, comida aún con sal marina en el pelo.