
Este pan de la imagen representa un salto cualitativo en mi pequeño mundo de pan. He conseguido la corteza ligera y crujiente que andaba buscando hace tiempo. Al mismo tiempo, la miga ha quedado muy esponjosa y agradable. El pan es de harina de fuerza con 1/7 de harina de escanda, para darle un sabor más acentuado.
Este es uno de los primeros panes en los que he usado mi nueva cesta para fermentar el pan. La ultima fermentación, lo que en inglés se llama «to prove» (y no lo digo por la tontería, sino porque he aprendido a hacer pan en inglés), se hace en esta cesta de mimbre forrada de lino. Aquí usan el término francés «banneton», ellos son así. La cesta es parte de mis nuevas adquisiciones panaderas. También me he hecho con un termómetro de horno, con el que he podido comprobar como mi horno calienta muy bien, a veces más de lo que dice. Así que para este pan he bajado algo la temperatura y me he asegurado de mantener humedad al comienzo de la cocción. Y creo que el resultado es bueno, como se ve.
Noche de horneo, mañana de tostadas
Ayer horneé dos panes, uno blanco, con sublime harina de Lituania (que viene en otro post) y otro de centeno al 50%. El sabor y la textura del blanco es delicioso. Suave y dulzón, casi con sabor a baguette (a pesar de no tener más que harina, agua y sal -bueno, y masa madre). El de centeno, como siempre, tiene un sabor amargo riquísimo, aunque esta vez sólo fermentó unas 7 horas. Normalmente el de centeno me gusta dejarlo reposando más de un día, para que al amargor del centeno se le sume el de la masa madre muy fermentada.
No obstante, estos panes son un buen ejemplo de lo que pasa cuando «un par de cervezas» y una cocina templada se interfieren en los tiempos de fermentación, la masa se sobrefermenta y luego no levanta bien (y no tenía ganas de volver a trabajarla para que volviera a su ser).
Así que esta mañana ha sido la fiesta de las tostadas. Hacía días que no me sabían tan ricas. Simplemente con mantequilla, aunque algo de mermelada de naranja también ha caído.