Este es uno de mis platos favoritos del mundo mundial.

No sé como será cuando me muera, pero puede que, un instante antes de pasar al otro barrio, me acuerde fugazmente del arroz a la cubana; y de las vainas con patatas también.
* Nota importantísima: este de la imagen no es el plato que me comí. Yo nunca, nunca, nunca me pongo el tomate con el arroz y el huevo al principio. Me gusta servirme arroz y un huevo; cortarlo, mezclarlo y comérmelo (esto me eleva a un estadio superior en lo cosmogónico). Después, me sirvo otro huevo que, esta vez sí, trituro con tomate y el arroz (en ese momento alcanzo un estadio aún superior, si cabe).
** Otra nota, aunque menos importante: me resulta curioso como este plato que para cualquier españolito de a pie es lo más normal del mundo, no resulta corriente para gente de otros lugares. Muchísimas veces, hablando con gentes de aquí y de allá, me he llevado la misma sorpresa al dar por sentado que mezclar arroz, tomate y huevo es una combinación obvia. Pasa con muchísimos otros platos y costumbres, pero en este caso concreto siempre me ha chocado (algo similar se puede decir del arroz con leche, especialmente frío).









Pan dulce de tahini de la panadería Yasar Halim
El otro día volví a pasar por la panadería de Yasar Halim, un lugar digno de peregrinación aquí en Londres. Esta vez descubrí que también tiene una tiendita con productos turcos (y en general de la zona donde Europa y Asia se pierden la una en la otra).
En esta ocasión salí de allí con (entre otras muchas y ricas cosas) un pan de tahini.
El tahini, tahine, tahin, tahina (que de todo se encuentra) es una pasta de semillas de ajonjolí que se usa mucho en oriente medio, en la zona oriental de Europa y también en otros sitios de Asia. Habitualmente tiene un sabor bastante fuerte, así que se usa para condimentar y es normal encontrárselo en recetas con legumbres o verduras. Aunque, y esta es una buena prueba, queda riquísimo en dulce. A mi me gusta echárselo con miel a un buen yogur.
Yo soy un “tíoteorías”, así que enseguida empiezo a entusiasmarme y entretejer teorías que explican el origen y los vínculos entre cosas, a menudo alimentos y sus sabores. De la misma manera, siempre busco parecidos imposibles entre las personas, para aburrimiento de los que me tienen que escuchar.
En cuanto le hinqué el diente a este pan de tahini, y sentí la rica miga (una de esas masas enriquecidas con mantequilla y huevos), llenó mi cabeza la idea de que todo está unido de alguna manera. Lo que pasa es que a veces los hilos son invisibles (o los ha borrado el tiempo) y por eso no los vemos.
Este pan estaba enrollado en espiral, como una ensaimada, y entreverado con capas de relleno de tahini con azúcar. Es más, la masa parecía ligeramente emborrachada de almíbar en la parte inferior, algo indescriptible. Me recordó a un roscón que hacen en Torrelavega para Reyes, relleno con algo lejanamente parecido y también ligeramente emborrachado. No obstante, el sabor del relleno de tahini era realmente profundo, y mezclaba en la memoria de los sabores la dulzura saturada del turrón con la miel, o la untuosidad de la mantequilla de cacahuete, humilde pariente lejano. Es más, pensé instantaneamente como algo tan icónicamente estadounidense, amado y destetado, el sandwich de mantequilla de cacahuete con mermelada* no es sino una prolongación de esta tradición de mezclar nueces de todo tipo con sabores terriblemente dulces (la baklava de pistacho, el turrón de Jijona, …). Todo está enlazado.
Creo que me fascina la cocina de esta zona entre Europa y Asia porque es una tierra entre culturas, que nos ha visto nacer como civilización y donde, aún hoy, se entrelazan las cosas de aquí y de allá. Sabores de hace mucho, olvidados para nosotros, y otros que nos son familiares. Es más, me encanta ver como cosas que conocemos y otras que nos son muy lejanas tienen raíces comunes; cómo el turrón es hermano de la halva, el lahmacun de la pizza y así hasta quedarnos sin hambre.
Siempre que como estas cosas pienso que este tipo de sabores podrían muy bien ser familiares para mis ancestros hace siglos; quien sabe, tal vez algún antepasado mío incluso amasó una hogaza como está y la endulzó con miel, o la rellenó de una masa de nueces, pistachos o almendras para una ocasión especial, como un nacimiento o bautizo. Esta comida es, sin duda, una comida llena de vida. Tal vez no es casualidad que me haya aficionado a esto aquí en Londres, donde todo es apariencia, todo es tan artificial (incluídos los sabores), todo es tan de mentiras y a la mayoría de las cosas les falta frescura y autenticidad.
Otro día intentaré hacer este pan en casa y explicaré mi teoría de cómo la cocina de la India es la cocina mediterránea de Asia, o el por qué en Inglaterra no recogen la basura más que una vez por semana.
* Esto es lo que se conoce como un «emparedado de mantequisha de cacahuete», para los que nos hemos criado con el doblaje, nefasto pero entrañable, de los dibujos de Hanna Barbera, con Loopy de Loop («El lobo bueno, el amigo de los niños») o Scooby Doo. Por cierto, la mermelada o la miel son esenciales para disfrutar de la mantequilla de cacahuete.