La lluvia, el horno Bosch de mi madre y un verso.


«De noche, el mar brilla como una merluza» (El anillo de oro, Kirmen Uribe).
Una cosa la echo de menos, la otra la envidio en la distancia, y la tercera va conmigo.
Hoy me he levantado en Bilbao y caía sirimiri, lo juro; mansamente, en la calle Ronda, a tres portales de la casa natal de Unamuno. Luego, el horno Bosch de mi madre, capaz de producir esa corteza tostada pero fina. Un pancito con masa madre y una puntita de levadura rápida Vahiné (con la harina que consigue mi madre en la panadería Trujipan; mala para largas fermentaciones, pero genial para cosas rápidas y medias). Y después, una merlucita con tomate y un cabrales sabrosón.









Bodegón cántabro
Tenemos en casa un auténtico botín cántabro.
Quesucos de Liébana, de cabra, vaca y ahumado, queso de nata, anchoas de Santoña, cocido montañés, diversos postres lácteos (!las natillas son de huevo!), sobaos, cosas torrelavegenses como TachoCao (algo sólo conocido por paladares muy cántabros), pastas de la pastelería Vega, chocolate y harina del Horno San José, morcilla de Barquín y, en caso de que hubiera dudas, sí, eso es vino de Cantabría, de Liébana.
Y para cenar, otro pequeño tesoro llegado de Cantabria, huevos de casa, de gallinas que corretean por Suances, al lado del mar.
Acompañados con espinacas y fritos con puntillas, chof chof.