Hace ya semanas que andaba con ganas de un matecito. Soy un mateador estacional; lo mismo me da y me pongo a matear como un loco, que no mateo durante siglos.
Creo recordar que, ya antes de volver de Londres, me apetecía mucho matear, pero este deseo pertinaz ha debido de ser algo inconsciente, por todos los argentinos que hay aquí en Barcelona.

Debo mi amor al mate a mi familia argentina, que me transmitió este sencillo placer. Incluso me enseñaron a cebar el mate (de una manera decente para un gallego), sacarle esa espumita que tiene el mate cuando sabe re-bueno.

Aquí no tengo una pava en condiciones ni termo para el agua, por eso la caliento con la kettle que me traje de Inglaterra (¡que no se enteren los argentinos!).
Recuerdo el mate en el verano austral, ashá en 9 de Julio o en Córdoba. No obstante, se me hace imposible tomar mate en el verano de acá. Así que me deleito con este matecito invernal pensando en mi familia, sentados en la veredita, al calorcito de diciembre. En vez de tomarlo con galletitas, lo acompaño con una torta sevillana de ajonjolí y anís, que es otra forma de españolizar este matecito.
…cámbiele la cebadura y arrímele otro tizón… (José Larralde, «Herencia pa’ un hijo gaucho 2»).









Chocolate Simón Coll
Chocolate Simón Coll a la piedra, de Sant Sadurní d’Anoia.
Me gusta, por las noches, tomar un chocolate negro, como si fuera un café, pero que me deje dormir. Me encanta la sensación caliente en la tripita. Para estos casos, no hago el chocolate a la taza con leche, al modo tradicional. Me gusta tomarlo más negro y ligero, así que aumento la cantidad de chocolate y lo deslío en agua. Es muy simple: chocolate, agüita del avellano, tres salves y un padre nuestro y la gracia de tus manos.
Este chocolate Simón Coll está muy bueno, la verdad. En vez de estar aromatizado con la típica vainilla, tiene canela; me recuerda mucho a uno que tuvimos, traído directamente de México (qué rico sabía en el oscuro invierno inglés). Aquel tenía un sabor más intenso a canela, si cabe.